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Atrapados en el fuego cruzado: luchas kurdas contra el Estado Islámico y Turquía

Una amenaza en expansión
No cabe ninguna duda de que el autoproclamado Estado Islámico (EI) ha sido recientemente la máxima prioridad en la agenda de la comunidad internacional gracias a sus acciones excepcionalmente provocadoras, como el asalto de Paris, el derribo de un avión ruso en Egipto y los bombardeos de Beirut (estos últimos dos han tenido una cobertura mediática menos dramática en comparación con el primer suceso). La contundente respuesta militar se queda corta a pesar de la participación de algunos actores claves de la OTAN y, hasta cierto punto, de los bombardeos rusos, cuyo objetivo ha sido la logística del EI así como la oposición del régimen en Siria. Sin embargo, lo que es nuevo en esta ocasión es que el EI, a diferencia de otras organizaciones de este tipo, tiene una compleja y sofisticada organización social, política y económica. Desde el mercado de esclavos a otras relaciones sociales como la participación en los procesos judiciales en un territorio totalmente controlado, una economía muy bien financiada y su profesionalidad en el reclutamiento a través de las redes sociales con técnicas de marketing y branding, estos aspectos lo hacen completamente diferente de cualquier otra organización islamista armada como Al-Qaeda o Boko Haram en lo que respecta al nivel de amenaza que suponen, que cruza fronteras internacionales llegando incluso a las capitales occidentales. Lo más importante es que posee una amplia y creciente comunidad de legitimación, en particular entre las poblaciones sunitas oprimidas bajo el régimen chií post-Saddam en Irak y el de Assad en Siria. Esta opresión sirve perfectamente como “justa causa”, adoptando la definición de Frédéric Gros en su États de Violence, y se percibe como escándalos bárbaros desde el ángulo occidental.

Unidades de guerrillas kurdas de YPG e YPJDejando a un lado la posibilidad de nuevas operaciones de la OTAN, con todas las opciones de ser posiblemente respaldadas por las resoluciones de la ONU, incluyendo el despliegue de soldados sobre el terreno, opción cada vez más creíble después del plan entre EE.UU. y Rusia sobre la transición siria y la cooperación, el YPG (Unidades de Protección Popular) y el YPJ (Unidades de Protección de la Mujer), unidades de guerrilla de la administración kurda PYD – que controla un amplio territorio en el norte de Siria o Rojava (Kurdistán occidental) – son las fuerzas más eficaces en la región junto con el ejército kurdo Peshmerga en Irak. Estas fuerzas están luchando y haciendo retroceder al EI progresivamente hasta su supuesta capital en Siria, Raqqa, a la vez que aseguran su propia posición. A medida que afianzan sus conquistas se vuelven cada vez más indeseables para la vecina Turquía.

No es ningún secreto que ciertos aliados de Occidente en Oriente Medio se oponen firmemente al régimen de Assad, y que apoyan explícitamente a las fuerzas opositoras además de tener presuntos vínculos con el propio EI. Dos importantes potencias, Arabia Saudí y Turquía, trabajan duramente para mantener el equilibrio con una clara división de tareas en cuanto al tipo de apoyo: la primera económicamente, y la última logísticamente. Las prioridades simplemente chocan; la coalición liderada por EE.UU. persigue al EI, que se considera la mayor amenaza para la comunidad internacional, mientras que los dos principales actores musulmanes suníes priorizan la derrota del régimen chií de Assad, que es responsable de la muerte de cientos de miles de civiles, y que ellos consideran totalmente ilegítimo. La estrategia, contraproducente, se torna un círculo vicioso: el fortalecimiento del régimen chií de Assad supondría nuevos reclutas para el EI por parte de los sectores suníes descontentos. Por otro lado, debilitar el régimen (que ya no parece posible) significaría el avance del EI en tal abismo. Por otro lado, también está claro como el agua que la coalición liderada por EE.UU., que en su momento hacía fieras exigencias para que Assad dejara el poder incondicionalmente, ahora parece estar a favor de buscar una solución diplomática de transición para el futuro de Siria, priorizando sólo la destrucción del Estado Islámico por medios militares y en busca de un consenso más amplio sobre esta política. Esto no es una pieza fácil de tragar para los saudíes y los turcos.

Las semillas de la violencia en Turquía
Mientras la guerra vecina proseguía con extremas consecuencias humanitarias y con lealtades rápidamente cambiantes en el complejo contexto de Siria, en el que el EI era el centro de la atención internacional, los resultados de las elecciones generales del 7 de junio en Turquía, y el notable éxito conseguido por el partido HDP – que ahora era un proyecto integrador para la total democratización a nivel estatal de Turquía en lugar de un movimiento nacionalista simplemente pro-kurdo, tal y como lo retrataban los medios de comunicación – la situación se tensó. Era sospechoso que los tres ataques cometidos presuntamente Conflicto armado en Diyarbakırpor el EI – primero, la explosión en Diyarbakır (Amed) durante la campaña electoral del HDP, y después, las masacres en Suruç y en Ankara – se dirigieron contra la misma esencia de este nuevo proyecto basado en una frágil alianza entre los sectores izquierdistas de Turquía y el movimiento kurdo de liberación, habiendo sido orquestado principalmente por Abdullah Öcalan (alias Apo), el líder todopoderoso y principal ideólogo del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán). El momento de las acciones de respuesta del PKK (en parte negadas por sus miembros del Comité Ejecutivo) también era bastante significativo, sin margen para contingencias. La conquista de Tal Abyad al EI y su control total por la guerrilla YPG/YPJ supuso un paso extraordinario por cuanto unificó Kobanê (que en su momento estaba sitiada) con el cantón de Cizîrê y consolidó el de facto régimen kurdo a las puertas de Turquía. La presencia militar turca cerca de Rojava comenzó a aumentar de inmediato, preparándose para una posible intervención por Jarabulus, ahora la única pieza fuera de control del PYD. Las represalias del PKK contra las fuerzas de seguridad turcas en las ciudades kurdas llevó al Gobierno turco a desplegar algunos elementos de su presencia militar más al norte, previniendo tal tipo de intervención en esta región estratégica. No hace falta ni decir que esta situación también encajaba en los planes del gobierno del AKP, respaldado por el Presidente Erdoğan, para lanzar una ofensiva contra las células urbanas kurdas llamadas YDG-H (Movimiento Patriótico Revolucionario de la Juventud), una organización juvenil armada y nacionalista kurda evidentemente controlada por el PKK. De esta manera, el gobierno de AKP consiguió los votos de los ciudadanos nacionalistas turcos en las elecciones anticipadas que se celebraron el 1 de noviembre. Estas elecciones se desarrollaron mientras se llevaba a cabo una guerra de baja intensidad en la región del Kurdistán de Turquía, con toques de queda parciales y estados de excepción declarados en algunas ciudades clave densamente pobladas como Cizre, Nusaybin, Yüksekova, Lîce y Silvan. Además de la tragedia humana y de las humillaciones, ambas partes tenían ventajas y desventajas: el AKP de Erdoğan finalmente logró una victoria aplastante después de los decepcionantes resultados del 7 de junio, pero perdió credibilidad tanto en su diplomacia exterior e interna como en su presencia militar cerca del terreno sirio. Los kurdos, por su parte, perdieron un considerable apoyo electoral, pero el proyecto que perseguían en Rojava, que indudablemente suponía una prioridad más tenaz, ahora parecía libre de una amenaza directa turca.

Muchos pensaron que la violencia escalada era temporal, que tenía que ver exclusivamente con la dinámica electoral interna, y que en última instancia la tensión se reduciría gradualmente, abriendo el camino a otro proceso de negociación a ser renovado después de esta breve pausa estratégica. Sin embargo, el espectro ya había cambiado, y el panorama era más amplio y mucho más complejo que antes; tras el asedio de Kobanê, durante el cual cientos de guerrilleros kurdos del norte habían muerto defendiendo la ciudad contra el EI, el paradigma en el que tuvo lugar la cuestión kurda ya no era un asunto específico para el Estado turco y sus maniobras políticas internas, sino más bien un asunto internacional que involucra más dinámicas, que van desde los intereses de los principales poderes internacionales hasta la presencia local de kurdos extremadamente divididos que habitaban en Irak y Siria. A pesar de la victoria electoral, todavía era muy frustrante para Turquía tener el régimen PYD justo al lado, pegado a su larga frontera con Siria y suponiendo cada día más una amenaza potencial en un contexto frágil.

Más intensificación de la guerra
Las predicciones optimistas eran demasiado ingenuas. Mientras las fuerzas YPG/YPJ del PYD ambicionaban tomar el área de Jarabulus, la última pieza restante del rompecabezas entre Turquía y Siria, con el fin de conectar los tres cantones de Rojava y, eventualmente, romper la conexión entre Turquía y el EI, la estrategia de Turquía se centró en la violencia extrema e indiscriminada contra sus propias localidades nacionalistas kurdas, donde hubo manifestaciones masivas por las aspiraciones de una democracia autónoma, ya que las expectativas de Turquía para crear una zona segura en Jarabulus se difuminaron después de que los miembros de la coalición contra el EI hubiesen fruncido el ceño ante esta demanda poco realista. Ahora también era impensable e imposible atreverse a lanzar una ofensiva en el terreno sirio controlado por las fuerzas kurdas mientras las fuerzas aéreas de EE.UU. trabajaban en estrecha coordinación con las fuerzas de tierra de YPG/YPJ contra el EI. Sólo quedaban unas pocas tácticas factibles para evitar que los kurdos consolidaran su recién construido régimen y para alejarlos de su decidida senda de lucha contra el EI: atacarles vigorosamente en sus bases de siempre abriendo otro frente de batalla en el norte. El despliegue de una considerable cantidad de efectivos militares por parte de Turquía en el campamento de Ba’ashiqah al norte de Irak, cerca del Mosul controlado por el EI, probablemente también tiene que ver con este cambio táctico.

Graffiti de grupos de EsedullahAsí es como se lanzó la mayor ofensiva indiscriminada hasta la fecha, con unos diez mil efectivos por tierra en las ciudades clave del norte del Kurdistán. Las operaciones se intensificaron primero en la céntrica e histórica provincia de Sur en la capital kurda de Diyarbakır, dando lugar a ejecuciones extrajudiciales de militantes del YDG-H así como de muchos civiles desarmados: en su mayoría familias de clase baja que habían emigrado desde las aldeas cercanas para escapar de la brutalidad de los ataques militares en la década de 1990 y que vivían en condiciones de penuria económica. Poco después las fuerzas militares y policiales turcas extendieron sus operaciones por Cizre, Silopi, Nusaybin, Dargeçit y demás localidades vecinas hasta los cantones del Kurdistán sirio (a veces con referencias vagas de violencia simbólica similar a la del EI a través de graffitis firmados por grupos Esedullah) con una muy reputable tradición de Serhıldan (expresión kurda para los levantamientos populares) de principios de los 1990. Algunos barrios han estado sometidos a encarnizados asedios militares, que incluyen tanques y artillería pesada – irónicamente, la misma clase de táctica por la que el propio Erdoğan criticaba con dureza en su momento al régimen de Assad. Las catástrofes humanitarias se han puesto de manifiesto ya que los toques de queda declarados por los gobernadores locales a veces se han extendido por más de 20 días. Medios oficiales se hicieron eco de las reiteradas declaraciones del Primer Ministro Davutoğlu (que aparentemente es el jefe del poder ejecutivo, pero se mueve bajo la sombra de Erdoğan) de que el objetivo principal eran las trincheras cavadas con el fin de cortar el acceso del Estado y, en definitiva, garantizar la seguridad. Sin embargo, la destrucción ha ido mucho más allá de un simple problema de seguridad o persecución de los militantes armados o los jóvenes activistas. La ejecución sin piedad de Dilek Doğan por las unidades especiales de la policía turca en una redada a su casa fue sólo un ejemplo escalofriante de decenas de asesinatos deliberados de civiles. Ahora la brutalidad estaba presente en un grado similar a ambos lados de la frontera.

No obstante, la respuesta inmediata del PKK no fue la que esperaba Turquía. Las unidades guerrilleras kurdas HPG (la rama armada del PKK) no tienen ninguna intención de involucrarse en una confrontación directa mediante el despliegue de más militantes de Rojava o de sus campamentos del norte de Irak, sino por vía de un llamamiento de autodefensa popular contra la ocupación militar. Esto también ha sido confirmado por el Comandante de alto rango del PKK y el miembro del Consejo Ejecutivo Murat Karayılan en una entrevista realizada por un periódico kurdo. Haciendo un llamamiento a la diplomacia y el diálogo, el Comandante Karayılan ha subrayado la relación entre la ofensiva turca en curso y la lucha kurda contra el Estado Islámico en Siria. A pesar de que utilice un lenguaje bien amenazante que insinúa que las unidades guerrilleras armadas HPG del PKK también podrían involucrarse si la tensión subiera a más, parece que la diplomacia del PKK es lo suficientemente madura para no dejarse llevar por las tácticas extremadamente provocativas – tales como el asesinato del famoso abogado kurdo y activista por la paz Tahir Elçi en pleno centro de Diyarbakır – puestas en práctica por sus homólogos turcos. La revolución en construcción en Rojava, que simboliza valores diametralmente opuestos de lo que el Estado Islámico representa, es de la máxima prioridad y, sin duda, primordial, y no se puede comprometer ni por un número relativo de pérdida de votos del HDP ni por las bajas que se dan en el norte. El éxito y la consolidación de la revolución de Rojava en un futuro Estado sirio libre de la amenaza del EI, de acuerdo con la idea cofederalista democrática de Öcalan, tarde o temprano tendrá un efecto dominó en otras partes del Kurdistán.

Al parecer, la disciplinada estrategia militar del PKK a corto y medio plazo se acomoda a sus ambiciones políticas a largo plazo, entre las cuales la revolución de Rojava es la que más brilla. Los cuadros idealistas con alta experiencia siguen de muy cerca la política interior de ambos estados, en los que tienen cierta influencia, así como el contexto más amplio que incluye los intereses de los actores internacionales pertinentes. La estrategia de poder duro constante invertida por el EI en Siria y por el propio Estado en Turquía solamente sirve para agitar y politizar más las generaciones venideras, refrescando la memoria colectiva de la década de 1990 y, como consecuencia, significa innumerables nuevos reclutas. Sin embargo, el panorama no es tan brillante como parece y no se puede ignorar un hecho crucial: la noción de fuerza física, tal y como lo indicaba el propio Öcalan a principios de los años ochenta, siempre ha jugado un papel determinante en el Kurdistán, y el ejemplo de EI aparentemente ha comprobado que esta afirmación podría ser fácilmente extendida por todo el Oriente Medio, donde las políticas a largo plazo nunca han sido de tan larga duración.

Barış Tuğrul para Open Society

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